Por: Patricia Martínez Alvarez
El espacio de la Academia ha excluido, durante mucho tiempo, la presencia de lasmujeres. Las Universidades, construidas como un ámbito más del “espacio público” y pensadas -después de su creación en la Baja Edad Media- como el lugar desde el que institucionalizar la teoría, han invisibilizado gran parte de la realidad: esa parte de la realidad que el pensamiento binario ha colocado en el “espacio privado” que es, a la vez, el lugar en el que se colocaron las “cosas de las mujeres”.
La incorporación de las mujeres a la Universidad ha significado la posibilidad de visibilizar, abriéndolo, el abanico de
lo pensable. Ha supuesto, en gran medida, la ruptura de la definición sexual de lo público y lo privado y a la vez ha permitido cuestionar el significado de lo teórico en tanto que ámbito en el que se distinguen la verdad de la no verdad.
Cuando las mujeres, en la academia, en las universidades, nos ponemos a pensar en las prácticas que desarrollan hombres y mujeres en los distintos espacios por los que transcurre la vida estamos dando lugar a formas de pensamiento que la teoría denominó “de la vida privada”. En realidad lo que sucede no es la transgresión del espacio público -más masculino que femenino a lo largo de la historia- sinó la recreación del espacio mismo: la creación de espacios en los que la vida pasa a ser nombrada con un lenguaje, además, que escapa a definiciones en las que es imposible contener la libertad, por ejemplo, y que los teóricos usaron y usan comúnmente.
He asociado, hasta ahora, algunas ideas: he relacionado lo público a lo teórico y lo privado al pensamiento recurriendo a la división sexual de los espacios y a la oposición entre lo que dicen y nombran los hombres y lo que viven las mujeres. He propuesto, demás, la asociación -más allá de estas relaciones opuestas- entre estar las mujeres en la universidad y la posibilidad de la creación de pensamiento en tanto que esto significa dar lugar a reflexiones entorno a las maneras, masculinas y femeninas, en que transcurre, se manifiesta y representa la vida. He afirmado, por último, que la teoría repetida en las universidades a lo largo de la historia por hombres ha cerrado puertas a la posibilidad de pensar la vida misma cuando ha utilizado conceptos que han invisibilizado lo que vivimos las mujeres. La reflexión universitaria sobre lo que vivimos las mujeres es, además, la creación de otra universidad.
Esa otra Universidad, sin embargo, ni es siempre reconocida por nosotras ni gusta a veces a quienes estuvieron en ella: muchas profesoras tenemos experiencia de miedos y tensiones. La incorporación de la cuestión “género” o “mujeres” en las currículas, en la creación de nuevos programas de estudio tanto como la posibilidad de asumir muchas de nosotras cargos representativos en la universidad da lugar al conflicto la mayor parte de las veces (vale la pena recordar aquí lo que escuchamos el primer día cuando Marysa
Navarro hablaba del problema de la “disciplinariedad” de la Universidad. En el Perú, por ejemplo, muchas mujeres manifiestan tener serias limitaciones. Expresan dificultades de relación con hombres que ocupan cargos de poder en las universidades públicas o con colegas que niegan sistemáticamente la validez académica de nuestras formas de pensamiento.
La lengua, el pensamiento y la posibilidad de que éstos representen lo que vivimos las mujeres y los hombres son formas de volver a fundar la Universidad pública. Cualquier forma de estar en la Universidad, cualquier mujer en la Universidad, sin embargo, no son evidencia de que la posibilidad de volverla a crear se convierta en realidad: la Universidad sigue siendo hoy un espacio en el que el pensamiento se presenta a las alumnas y a los alumnos como algo cerrado que hay que aprender y reproducir. Los parámetros del “bien hacer” científico desde las aulas siguen siendo extremadamente rígidos y se presentan como fórmulas sin las cuales estamos en peligro -dicen los académicos- de no producir pensamiento. Lo cierto es que muchas mujeres profesoras siguen hablando desde formas de lenguaje que no nos nombran a las mujeres y que invisibilizan, por lo tanto, parte importante de la realidad. El reto y la posibilidad de crear pensamiento en la Universidad -formas de pensamiento que sean representativas de cómo transcurre la vida más allá de las aulas- pasa necesariamente por ser nosotras quienes somos también antes de la Universidad: la experiencia, en gran parte de América Latina, de la creación de espacios universitarios en los que las mujeres pensamos a partir de categorías que el activismo de nuestros movimientos arrojaron es una muestra de esta posibilidad.
En la Universidad y en otros espacios en los que las mujeres han desarrollado formas de presencia pública significadas en femenino -ongs, organizaciones, círculos, modos de reunión y de relación- hemos pensado la categoría “género” y hemos descubierto la
posibilidad de ser quienes somos antes de que el pensamiento binario, la ciencia cerrada y todas aquellas formas de no-creación nos dijeran quiénes somos y cómo debíamos comportarnos, pensarnos. En una Universidad que se relacione con lo que sucede más allá de ella y que piense en las formas que tienen las vidas de las mujeres y de los hombres podemos seguir re-creando las mujeres. Podemos reencontrarnos con nuestras lenguas primeras, con las maneras que tenemos las mujeres y también los hombres de vivir. Aquí quiero hacer una pequeña reflexión: a propósito de haber dado lugar a la categoría “género” en la Universidad y de haber sistematizado entonces el modo en que las construcciones socio-culturales definen el significado de ser mujer, es interesante mirar de cerca el modo en que nosotras, mujeres en la Universidad, vamos más allá o no del espacio que ésta nos concede para estar y pensar.
En Lima, Perú -desde 1999 especialmente- se desarrolla una experiencia académica que, vinculada estrechamente a rganizaciones de mujeres feministas y de mujeres cuyas apuestas políticas y formas de representación no nacieron en la academia, ha dado lugar a más: a ser las mujeres ellas mismas en la Universidad, a abrir espacios para mujeres, para la diferencia y para la diversidad también, para las formas de vida que transcurren en el mundo. Por eso es en gran medida extraño el debate que algunas experimentamos entre activistas y académicas. La desvinculación entre activismo y academia, tal y como nosotras las mujeres nos representamos a nosotras mismas en cada uno de estos dos espacios, significa en realidad la deconstrucción de la experiencia de las mujeres: es, a mi modo de ver, el intento por desmembrarnos reproduciendo la idea de que el saber se da en un espacio y la vida en otro. Es, a la vez, la reiteración de la necesidad que a veces, perdidas en la lucha por la igualdad, hemos experimentado de dejar de ser nosotras mismas y significa la restitución de la Universidad como la sede desde la que se convierte en teoría lo que no se vive.
Paso a destacar algunas características en la experiencia de los Postgrados y Programas de Género que se relacionan a la vez con el significado de estar en las universidades dándole especificidad a nuestros procesos y logros. Gran parte de nuestra presencia en las universidades ha ido tomando cuerpo, en las últimas décadas, en la creación de espacios específicos para el estudio de las mujeres: los programas de estudios sobre las mujeres, en la Región, tienen algunas especificidades que se relacionan directamente con las características de los países en los que vivimos por un lado y con el tipo de apuesta ac démica que hemos desarrollado nosotras en relación al espacio universitario: la mayor parte de los estudios específicos se concentra en las instancias de Maestría, Diplomados o Certificados o Programas de Especialización y se han abierto pocas posibilidades, todavía, en el área de doctorados. En estos programas, las líneas de investigación son principalmente:
- Metodología del género: problemas epistemológicos y metodológicos.
- Arte y estética feminista.
- Mujer y política.
- Mujer educación y trabajo.
- Mujer y cultura.
- Cuerpo, sexualidad y salud en los géneros.
- Análisis de las relaciones entre los géneros en los procesos históricos.
- Mujer y familia.
- Vida cotidiana y participación ciudadana.
- Derechos humanos.
- Generación de proyectos que colaboren con proyectos gubernamentales y proyectos de ONGs, agencias de cooperación, etc.
En términos académicos, un punto de consenso alto entre todos los programas es el énfasis sistemático y sostenido en el objetivo de la interdisciplinareidad: la mayor parte de las experiencias se nutren no sólo de intereses, métodos y ámbitos profesionales de disciplinas sociales como la sociología, las ciencias políticas, la historia, la lingüística y la antropología, sino también de la crítica literaria, las lenguas modernas, el Derecho, la gestión pública, la psicología y la medicina.
En gran parte de los Programas se constata la presencia , en el cronograma académico, de seminarios o talleres de investigación cuyo fin último consiste en estimular a las y los estudiantes a la realización de la tesis para optar al grado correspondiente: la concentración en “lo aplicado”, que se hace visible en este esfuerzo por la apertura de espacios para la realización de las tesis suele darle a los estudios sobre género y mujeres una característica específica que, a mi modo de ver, se relaciona con la idea de la creación de espacios para la elaboración propia de pensamiento.
Otra especificidad tiene que ver con el tipo de financiamientos y las alianzas estratégicas que a este fin se desarrollan: invertimos un importante esfuerzo en conseguir, para nuestras alumnas, becas de estudio y de investigación que evidencian las ganas que tenemos de que ellas hagan público su pensamiento.
Para terminar, y en relación a la cuestión de los espacios es importante ver cómo los Programas de Estudios sobre las Mujeres se han constituido en un importante referente en la discusión pública sobre diversos temas en los distintos países.
En abril de 1999 la Universidad y el Centro de la Mujer Peruana Flora Tristan firmaron un Convenio de Cooperación Académica que, aprobado por Resolución Rectoral, tenía como objetivo fortalecer la formación de un Programa de Estudios de Género en la Universidad. Diversas actividades, seminarios y pronunciamientos públicos se han desarrollado en los últimos años y hoy están en curso la tercera promoción de la Maestría en Políticas Sociales, con mención en Género, Población y Desarrollo y la primera promoción de la Maestría de Género, Sexualidad y Políticas públicas, cuya característica feminista fue expuesta desde el momento en que la propuesta fue sometida a la aprobación de las autoridades de la Unidad de Postgrado de la Facultad de Ciencias Sociales. Desde el año 2001 forma parte de la currícula del doctorado en Ciencias Sociales, también, un curso titulado “Género y Ciencias Sociales”.
Este proceso ha ido otorgándole a San Marcos un perfil que la define como un referente importante en el país en temas de género y diversidad. Cito rápidamente, por otro lado, algunos de los eventos no curriculares que, a nombre del Programa, se han ido desarrollando en cooperación entre quienes forman parte de la coordinación y docencia de las maestrías y el Centro de la Mujer Peruana Flora Tristan; estas actividades han sido acompañadas, a la vez, por colectivos de estudiantes que se han ido formando en la universidad a propósito de los estudios de Género en ella.
Un evento importante fue el Encuentro Internacional “De Amores y Luchas: diversidad sexual, derechos humanos y ciudadanía”, otros eventos fueron el Foro Internacional “Reducción de la mortalidad materna, enfoques desde la salud y los Derechos Humanos” o la invitación a la pensadora feminista Milagros Rivera Garretas, que ha dado lugar a transformaciones importantes en el modo de conectarse, muchas alumnas, alumnos, profesorasa y gente de espacios extra-académicos al feminismo y a la trascendencia de
éste en la academia. Desde hace algo más de un mes el Programa de Estudios de Género de la UNMSM tiene resolución de decanato y resolución rectoral y funciona apuntando a ser una instancia de coordinación supera-facultades bajo la coordinación de un comité compuesto por Maria Emma Mannarelli, Ana Güezmes, Jorge Bracamonte, Guillermo Nugent y Patrícia Martínez. El proceso de institucionalización del PEG responde a necesidades muy concretas: a) repartir funciones entre nosotras y separar la coordinación de las actividades curriculares de las no curriculares, b) apuntar a que sea el PEG una instancia de referencia y coordinación para toda la universidad, c) asegurar cierta tranquilidad para el Programa y cierta protección rectoral dado el clima político que se va desenvolviendo en la Facultad de Ciencias Sociales y d) retomar el proyecto original, en el que el CMPFT promovía la formación de un PEG en la universidad que pudiera coordinar con instituciones varias.
Como contrapunto a la proyección del PEG a nivel supra-facultades dos de las miembras del mismo y uno de sus miembros nos presentamos al concurso público para el nombramiento como docentes en pregrado, en la facultad de Ciencias Sociales y somos ahora parte de su plana docente, no sin que eso suponga cierta histeria y otro tanto desgaste emocional y político.
Estar en la academia desde lo que nosotras somos, abrir espacios de reflexión y de pensamiento que sean realmente capaces de nombrarnos y que puedan poner en cuestionamiento las formas bajo las que hombres y mujeres nos hemos representado públicamente definidos, definidas por las concepciones culturales, sociales e históricas del “género masculino” y del “género femenino”, volver a pensar los marcos en los que nos hemos movido hombres y mujeres y desde los que nos relacionamos con los contextos culturales y políticos en los que vivimos significa, sin embargo, enfrentarnos a la posibilidad -no siempre fácil de asumir como propia- de volver a crear. A lo largo de
años de experiencia se repiten algunas demandas de alumnas y alumnos que expresan la sorpresa de tener ante sí un espacio de libertad.